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Aguinaldo 2026 del Rector Mayor

Al comenzar un nuevo año, la Familia Salesiana recibe con gratitud y esperanza la propuesta que el Rector Mayor nos confía como camino compartido. El Aguinaldo no es solo un lema: es una invitación a renovar nuestra identidad como educadores y educadoras en la fe, llamados a acompañar a los jóvenes con una presencia significativa, cercana. En este horizonte, el Aguinaldo 2026 se presenta como una oportunidad para volver al corazón de nuestra misión y preguntarnos, juntos, cómo ser hoy creyentes libres para servir.

Cuando el Rector Mayor, P. Don Fabio Attard, nos entregaba la consigna para este nuevo año, nos decía:

“El Aguinaldo 2026 ofrece a la Familia Salesiana un programa conjunto exigente y fascinante. Como María en Caná, nosotros, educadores y educadoras en la fe, estamos llamados a dar testimonio de Cristo a los jóvenes. Los jóvenes que acompañamos son portadores de una sed de vida auténtica. Buscan creyentes que comuniquen una propuesta cristiana creíble y, por eso mismo, digna de fe”.

En este marco, compartimos la ilustración que acompaña el Aguinaldo 2026 del Rector Mayor:
“Hagan lo que Jesús les diga – Creyentes, libres para servir”.

Esta imagen quiere ser una herramienta que, junto con la lectura del texto y el video de presentación, nos ayude a proponer en nuestras comunidades educativas y pastorales caminos concretos para profundizar la fe desde la vida cotidiana, al estilo de Don Bosco, con María como guía y maestra.

La ilustración de este año se inspira en el relato de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11), el primer “signo” de Jesús, donde una fiesta se ve amenazada por la falta de vino. María es quien advierte la carencia, nombra la necesidad y, con la confianza propia de quien sabe a quién se dirige, se la comunica a su Hijo. Pero no se queda allí: también se vuelve hacia los servidores y les dice: “Hagan lo que Jesús les diga”.

En este gesto sencillo se condensa una verdadera teología de la mediación y del servicio. María no es el centro, sino quien señala al Centro. No resuelve el problema por sí misma, sino que ayuda a leer la realidad y nos involucra en la respuesta. Su fe es atenta, encarnada y concreta: ve lo que falta, confía en Jesús y moviliza a la comunidad.

La escena no remite solo a un “signo” del pasado, sino que propone una clave profundamente actual para nuestras obras educativas: pasar de la carencia a la abundancia, de la falta a la fiesta, de la necesidad al cuidado compartido. El “vino” del signo se traduce hoy en gestos cotidianos que dan vida a nuestras comunidades: servir un plato de comida, acompañar trayectorias, escuchar con paciencia, abrir espacios de encuentro, generar vínculos significativos. El Reino de Dios se manifiesta en la alegría que se construye con otros.

Jesús aparece como el centro, y María dos veces: una, dialogando con su Hijo; otra, hablándonos a nosotros. Nosotros somos esa comunidad diversa que la imagen representa: jóvenes, educadores, familias, personas mayores, cada uno con su carisma y su modo de aportar. No se trata de una ayuda para unos pocos, sino de una mesa compartida donde todos son protagonistas.

Los servidores que llenan las tinajas con agua, sin saber aún que terminarán sirviendo vino, somos también nosotros hoy. Somos quienes colaboramos con la transformación de la realidad, aun sin garantías, confiando en que Jesús actúa a través de nuestras manos. En clave salesiana, la fe no se vive como una carga, sino como una libertad que se vuelve servicio. La santidad se expresa en la alegría compartida, en la fiesta que vuelve a ser fiesta cuando nadie queda afuera.

Este Aguinaldo nos invita a renovar, en cada aula y en cada patio, una espiritualidad de la escucha, del discernimiento y del compromiso, que puede expresarse en cuatro movimientos sencillos y profundos: mirar, escuchar, elegir y actuar.

Mirar la realidad con atención, como María, para reconocer dónde falta la alegría y la vida;
escuchar a Jesús en la Palabra, en los jóvenes y en los signos de nuestro tiempo;
elegir con libertad y responsabilidad el modo en que queremos responder;
y actuar, finalmente, poniendo las manos y el corazón al servicio para que la fiesta pueda continuar.

16 de Agosto - Nacimiento de San Juan Bosco

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Juan Bosco nació el 16 de agosto de 1815 en I Becchi, un caserío cerca de Turín, en el norte de Italia. Sus padres eran Margarita y Francisco. Juan vivía con ellos, su abuela, y con Antonio y José, hijos de su padre. Su papá murió cuando Juan tenía apenas dos años.

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Su mamá, Margarita, aunque era pobre, le dejó una gran herencia: la riqueza de la fe. Le enseñó a rezar y lo preparó para los sacramentos. Le transmitió la fe en un Dios que no abandona y a quien se debe servir y amar.
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A los nueve años, Juan tuvo un sueño que lo impactó y no terminó de comprender. Al contárselo a su madre, ella le dijo: “Quizás algún día seas sacerdote”.
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Para evitar problemas, Margarita le pide a Juan que se vaya a vivir y trabajar a la casa de otra familia. Juan se muda a la ciudad de Chieri, donde continúa sus estudios y se desempeña en distintos oficios para pagar sus gastos. También aprendió canto, teatro, oratoria y música.
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Al terminar la escuela, Juan decide entrar al seminario. Su madre le dice: “Prefiero tener un hijo pobre y campesino que mal sacerdote”. Y lo encomendó a la Virgen.Allí vive seis años. Después de mucho esfuerzo, en 1841 es consagrado sacerdote.
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Al salir del seminario, Juan conocerá a un gran amigo: el sacerdote José Cafasso. Él lo invita a visitar las cárceles de la ciudad. Juan se horroriza al ver el estado de los muchachos encerrados. Se pregunta: ¿qué pasaría si afuera de la cárcel tuvieran un amigo que se preocupara por ellos?
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Por esos años se desarrollaba en Italia la Revolución Industrial. Se multiplica la población y la miseria. Miles de jóvenes llegan a la ciudad. Viven en condiciones insalubres, hacinados, con hambre y lejos de su familia. Juan decide entonces reunir a los chicos más pobres de la ciudad para ofrecerles un lugar donde jugar, rezar y hacer amigos. Comienza así el Oratorio. Para estos chicos, Juan Bosco se convierte en Don Bosco. El Oratorio pasa por distintos lugares, hasta que finalmente se establece en el barrio de Valdocco.
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Don Bosco observa que con las reuniones no alcanzaba: los chicos necesitaban estudiar y aprender un oficio para ganarse la vida. Crea talleres de carpintería, herrería, sastrería y encuadernación. Abre una escuela en el oratorio. Y también una “casa anexa” donde pudieran dormir. El Oratorio se transforma en casa, escuela, patio y parroquia para los chicos: una verdadera familia
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Del oratorio a la Congregación . A los cincuenta años, Don Bosco llama a algunos de sus primeros muchachos y les propone un desafío: ser salesianos.
El Oratorio da lugar a la Congregación Salesiana.

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Mientras tanto, la joven María Mazzarello realizaba con las chicas del pueblo de Mornese una obra similar a la que Don Bosco realizaba con los muchachos.
Les propone a ella y a otras jóvenes hacerse religiosas. Así nacen las Hijas de María Auxiliadora.

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Don Bosco comienza a pensar que no sólo los jóvenes de Italia necesitaban de su ayuda, sino también los de todo el mundo. En 1875 parte la primera expedición misionera. El destino: Argentina. Los salesianos llegan a Buenos Aires, y desde allí se extenderán a numerosos pueblos y ciudades, especialmente de la Patagonia.
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Aquí y en la eternidad. En la madrugada del 31 de enero de 1888, Don Bosco parte al encuentro con el Padre. A su muerte, más de mil salesianos vivían en 57 casas distribuidas en ocho países.
El 1 de abril de 1934, el papa Pío X lo declara santo.

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DON BOSCO SIGUE VIVO

Hoy los salesianos se encuentran presentes en más de 1600 obras de 130 países. Calles, parques, plazas, escuelas, templos y ciudades de todo el mundo llevan el nombre de Don Bosco.
Tan popular se hizo su santidad, tan viva su presencia, y tan fuerte su espiritualidad, que no dudamos en responder que, aún hoy, Don Bosco vive entre nosotros.